febrero 22, 2024

Mamá Rockera
By Mónica Nitro

Forrest Gump es una película emblemática de los 90. Son de aquellas cosas que tienes que ver al menos una vez en la vida; y no lo digo sólo yo, en 1995 recibió seis premios Oscars, incluyendo «Mejor actor» (Tom Hanks), y «Mejor película», y tuvo al menos otros doce diferentes reconocimientos cinematográficos. La historia proviene de la novela homónima escrita por Winston Groom (1986), quien falleció, precisamente en Alabama, el 17 de septiembre de 2020.

«La vida es como una caja de bombones, nunca sabes cuál te va a tocar».

D.E.P., Mr. Winston.

Una de las frases que quedó marcada en la historia del cine y que proviene de este filme, es aquella que pronuncia preocupada la niña Jenny Curran y dice: ¡Corre, Forrest, Corre! Misma que llevo conmigo desde hace tiempo. A los 10 años participé en una carrera de atletismo a nivel municipal. Más de 40 niños y niñas estábamos en el estadio esperando que sonara el silbato para correr y llegar a la meta. En esa ocasión corrí 100 metros planos, recuerdo escuchar la voz de un sujeto que me gritaba: ¡Con las puntas, flaca, con las puntas! Llegué en segundo lugar, así que me invitaron a entrenar para pasar a las competencias regionales.

En ese entonces, personas lectoras, el rock aún no entraba en mi vida, tal vez en alguna columna les confiese de quién era fan a esa edad, tal vez. Lo que sí tenía era voluntad. La segunda competencia fue muy simbólica para mí. El entrenador me inscribió en los 200 metros planos, llegué en penúltimo lugar. Así que se le ocurrió meterme en los 800 metros y me explicó: «son dos vueltas completas, yo estaré siguiéndote, sabes que puedes«. En realidad no lo sabía, pero corrí. En el campo al centro de la pista, el entrenador me iba orientando, aplaudía y me gritaba. Al llegar a la última curva, empecé a abrir más mi sancada, a inhalar y exhalar, fijé mi mirada en la meta y empecé a correr más rápido. Ahí obtuve mi primera y única medalla de oro, aún la guardo con nostalgia.

Seguí entrenando un par de años más, sin embargo las tareas y mi ñoñez no dejaron tiempo para continuar, y así como así, diría Forrest, dejé de correr. Cuando el rock ya estaba en mi vida, volví a esta práctica, pero ahora para llegar a tiempo a los conciertos. Corrí para ver a Franz Ferdinand en 2014, a Blur en 2015, The Magic Numbers, 2018; Artic Monkeys, 2019; The Hives, 2019, para conocer a Jake Bugg en P’al Norte (2019), y este año para ver a Luis Pescetti. También fui conocida por armar carreras nocturnas. En aquella época en la que aún no criaba niños, justo cuando me volví groupie del Vaquero Rockanrolero, y cuando las fiestas eran más divertidas, había rock, buenas amistades, algo de alcohol, bueno, lo que cada quien quisiera, justo ahí retomé el atletismo.

Algunas personas cuando toman les da por dormirse en cualquier lado, o se ríen de todo, otras se vuelven muy amorosas, y unas más se la pasan manoteando.  A mí, personas lectoras, me daba por correr. Así es, recuperaba mi pasión por aquel deporte, hacía un berrinche, y armaba el maratón nocturno. Ahí estaba la Mónica Nitro despegando del suelo a las 11 de la noche -o mas- con algunos concursantes atrás de ella tratando de llegar a la meta, que ni ellos ni yo, sabían cuál era. Pero siempre hubo un participante que no sólo me alcanzaba, me llevaba a cenar y me regresaba a la fiesta. Son contados esos maratones nocturnos, tampoco crean que aguantaba más de tres cuadras.

Después de varios años, ya con mis dos criaturas, y que ambos van a la escuela, me dio de nuevo por correr, pero ahora sí, de una forma decente. Las personas que hacen ejercicio, porque pueden, son más sonrientes, es una maravilla ver cómo todas saludan; mientras voy trotando, observo al grupo de Zumba, de Tai chi, a los basquetbolistas que no sé a qué se dedican para estar diario ahí, a los entrenadores de perros, y a un señor de aproximadamente 70 años, con una bocina de baterías en la cual suenan salsas clásicas, sabrosas, y quien se pone a bailar solo por más de una hora.

Correr es una práctica que oxigena al cuerpo, que aligera la vida, una actividad que desde la infancia realizamos. Hoy corro no sólo para llegar a tiempo por mis hijos, corro porque me ayuda, y tengo dos metas matutinas: una, tomar al menos una clase de Zumba con las señoras relajientas de las 9, y dos, bailar una canción con el señor de la salsa. Si logro alguna de las dos, con gusto se las haré saber. Por lo pronto, nos leemos en otro viernes de Mamá Rockera. Vivan y dejen vivir.

Au revoir!

Fotos: Internet

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