febrero 23, 2024

Mamá Rockera

By Mónica Nitro

Siete de la mañana, suena la alarma.

Me levanto, la apago y me dispongo a preparar el lunch, aún con sueño, tratando de no hacer demasiado ruido para despertar antes de lo planeado a las criaturas.

Me cambio la pijama por un pants negro y sudadera de los Steelers, lavo mi rostro, los dientes, un poco de agua en el cabello, un chongo y listo. Me miro al espejo, ya se me notan los años, empiezan a marcarse las líneas de marioneta, las arrugas del surco lagrimal y una que otra arruga del entrecejo.

Continuo con la rutina matutina. El Mónico despierta primero, solo, sonriente, amoroso, es como si esos instantes de alegría reflejaran su agradecimiento por amanecer cada día. Por el contrario, Décimo Meridio es lento en las mañanas; lo llevo cargando, lo visto dormido, toma leche soñoliento y llega a la escuela sin saber cómo lo hizo, pero una vez que arranca todo su cerebro, no para en todo el día.

Siete treinta de la mañana y justo este día, el Mónico quiere acompañarnos. Tenis, sudadera, chamarra, un bolillo para el camino, estamos listos. Mónico toma la mochila de Décimo, se la lleva a la puerta.

Décimo añorando su cama, camina sin tener dominio de su cuerpo. Siete cuarenta y cinco y ya es tarde. Batallo con el Mónico para bajar la mochila, la dejo en la banqueta, les abro las puertas del coche, sube Décimo (Cosa Uno), subo al Mónico en su silla, lo abrocho, paso el bolillo de una mano a la otra y cierro la puerta (Cosa Dos, lista). Doy la vuelta al coche, me subo, cinturón, llave, palanca, freno de mano y arranco, mientras se reproduce «Ajolotzilla», en la voz de Ramón A Go Go (Cosita, ¡lista!). Siete cincuenta de la mañana, llegaremos justos de tiempo. Estaciono el coche, miro a la derecha y… Olvidé la mochila en la banqueta de la casa.

Llave, palanca, freno de mano, regresamos a casa. Mochila gris de Jurassic Park esperando por ella, la subo y regresamos a la escuela, estaciono muy cerca, bajo a Décimo, toco y sonrío con nervios. Maestra seria, abre la puerta, observa, me mira con ojos inquisidores y dice: ¿Nombre? Es su cuarto retardo del ciclo. ¿Por qué llegan tarde?

Cómo le explico a la maestra que es por distraída, por dispersa, desorganizada, porque simplemente hoy olvidé la mochila, mejor la mochila que los niños, ¿no? Lo sé, a mi mamá nunca le pasó esto. Debo admitirlo, soy desorganizada. Podría hacer muchas cosas para llegar a tiempo, hasta para mejorar mi imagen en la mañana. Ser más estricta en los tiempos de cada actividad, apurar a Décimo Meridio, obligarlo a arrancar desde que suena la alarma, pero la verdad, sé que él necesita esos minutos de sueño, ¿hago mal? No lo sé. Hago lo que como su madre decidí hacer. Hace seis años que trabajo vía remota, y lo agradezco; los horarios en casa no son rígidos, siempre han sido flexibles, tal vez por ahí va mi tema de las correteadas matutinas.

Por el contrario, mi mamá es precisa para los tiempos. Son de esas mamás, yo les llamo, de antes. Siempre listas,  preventivas, activas. Mi mamá a las nueve de la mañana ya se bañó, recogió su casa, hizo ejercicio, hizo la comida y está viendo tutoriales en YouTube para nuevas manualidades navideñas, y es febrero, personas lectoras.

Son admirables.

Al regresar a casa, después de dejar al Mónico en su escuela, me recosté sobre el tapete del área de juegos, repasando una y otra vez la pregunta de la maestra «¿Por qué llegan tarde?». ¿Fracasé como mamá? ¿No debí ser mamá? ¿Qué estoy haciendo mal? Las mamás (incluyo a los papás), no sólo tenemos la presión, la enorme presión de mantener con vida a nuestras criaturas, sino que además, tenemos la presión de los demás, la mirada inquisidora, el dedo señalador, la falta de empatía, y hasta la competencia entre mamás. Que si el parto natural es mejor que la cesárea. Si le diste pecho o fórmula; si te quedaste en casa a cuidarlo o decidiste regresar a trabajar; si aprendió a gatear, si ya habla. ¿A los cuántos meses caminó? ¿Por qué no lo has bautizado? ¿Por qué tiene el cabello largo si es niño? Y esas mamás de «antes», pero que son de ahora, que te miran horrorizadas cuando tu hijo hace berrinche en la calle, se tira, patalea, y grita «ayuda» y no sabes qué hacer (el Mónico durante seis cuadras). En fin… Amo ser mamá, detesto que me juzguen.

Hace un par de años creía que echando a perder al primero, aprendes con el segundo, mentira. Sí, aprendes ciertas cosas para su cuidado, dejas de exagerar en otras tantas, pasas de echar ocho cobijas a la pañalera, a sólo una (relato pendiente de «Doña Cobijas»), pero el Mónico pandemial, no es igual que el Décimo Meridio, viajero y tranquilo. Y yo, no soy la misma mamá de uno que de otro.

Cuando nos regresamos por la mochila, que por cierto alguien vio mi olvido y la acercó a la puerta del zaguán, bajé rápidamente por ella, la subí al asiento del copiloto, subí a mi lugar y miré hacia atrás, ahí estaba la carita de Décimo Meridio, con sus ojos grandes, su cabello lacio, y esa mirada, esa mirada de angustia, de incertidumbre, que para nada disfruto, esperando a mi reacción. En cuanto las líneas de marioneta se juntaron con las líneas de la sonrisa, ahí soltamos una carcajada los dos. Nos habíamos ido a la guerra sin fusil y pues ni modo, tendríamos que aceptar las consecuencias.


Disfruten el fin largo, nos leemos el próximo viernes de Mamá Rockera.

Vivan y dejen vivir.

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