febrero 23, 2024

Mamá Rockera

By Mónica Nitro


No existe palabra más literal que «salvavidas», todas en algún momento nos encontramos a algo o alguien que nos alejó de la fatalidad y nos ayudó a salir a flote. Puede ser desde un libro, una canción, una amiga, o hasta tal cual una persona que nos sacó del agua. Y no dudo que varias de ustedes, personas lectoras, hayan sido o sean, el salvavidas de alguien más.

 

Hace un par de años, salimos en familia a disfrutar de un fin de semana en la ciudad de la eterna primavera, para los citadinos un remojón de cuerpo es de lo más relajante que hay, sales completamente de la rutina del caos en el transporte público, y de las oficinas sin cubículos ni privacidad. El clima era bastante agradable, al llegar a la residencia alquilada, de inmediato entramos a escoger cuartos, acomodar maletas, sacar el traje de baño y disponernos a disfrutar cada minuto de nuestra estancia. Yo traía al Mónico en brazos porque aún no gateaba ni caminaba, mientras que Décimo Meridio, curioso y temerario, examinaba el lugar.

Pasaron tres minutos desde que subí a la recámara, cuando un salvavidas apareció ahí.

 

Entre los arreglos de la ropa y la comida, Décimo Meridio optó por bajar al primer piso, y salir a buscar la alberca, sin embargo quedó desconcertado porque aquel espacio donde debería haber agua, estaba cubierto por una superficie azul que él creyó era pavimento. Décimo Meridio se dispuso a caminar por encima de la lona que cubre la alberca, por lo que sus pies empezaron a hundirse y la lona a cubrir su cuerpo. Afortunadamente, su tío lo vio de lejos y corrió a sacarlo antes de que ocurriera una fatalidad.


Ésta, ahora anécdota, me resulta difícil de contar; por un lado, me entristece pensar que sin ese salvavidas, mi pequeño niño se habría ahogado ya que todos estábamos ocupados en algo más; y por otro lado, me avergüenza, era mi responsabilidad cuidarlo de par en par. Vuelvo a repetir, afortunadamente su tío lo sacó de ahí. Antes de entrar a la casa, mirando fijamente a Décimo Meridio, le pedimos que no se metiera a la alberca hasta que nosotros se lo indicáramos, por supuesto que asintió. Y fue así, sólo que él creyó que aquella lona azul, era cemento.

En tres minutos, en menos, en cinco minutos; la vida como la conocemos puede cambiar. Los infantes, y lo vuelvo a repetir, son suicidas; desconocen el peligro, experimentan sus primeras veces en lo que los adultos ya somos especialistas, pero ellos no saben lo que es cortarse con el cuchillo, atravesarse la calle y que pase un Ibiza a toda velocidad sin mirarte, saltar a la alberca sin saber nadar. Hoy, Décimo Meridio sabe nadar, y es menos atrabancado que antes. Agradezco infinitamente a su tío que lo sacó.

He escuchado a algunas personas que aseguran que una banda musical los salvó, un amigo o amiga, un libro, un escritor. Yo he tenido varios salvavidas en mi recorrido por la Tierra, varios de ellos con una profesión en común. (E.P.D. José Agustín, representante de la juventud).

 



Debo contarles personas lectoras, que mi época más activa de conciertos fue en la preparatoria.

Joven, independiente, voluntariosa, rebelde a ojos de mi mamá, y cchachera, sí, dejen ustedes lo rockera, soy cchachera. Quienes cursaron la educación media superior en un CCH, sabrán que, antes, era el recinto que te impulsaba a conocerte, a descubrir tu personalidad, tus defectos y virtudes, donde podías experimentar, equivocarte y volverlo a intentar; donde nadie te juzgaba, el colegio que te presentaba dos caminos: libertad o libertinaje, tú escogías. Los que no tuvieron la buena decisión de estudiar en un CCH, dirán que somos porros, paristas, huelguistas y vagos, y sí (ríanse conmigo), pero orgullosamente universitarios. Los CCH de hoy, son otro tema.

En ese hermoso Colegio encontré a mi primer salvavidas. En cuarto semestre puedes escoger materias afines a la licenciatura o ingeniería que vas a estudiar, ahí puedes por primera vez saber si realmente es lo que quieres y si eres bueno para ello, quinto y sexto semestre son esa oportunidad de no cagarla y escoger ciencias de la comunicación y terminar escribiendo una columna para Conexión Rock (sarcasmo). Yo escogí, entre otras materias, Psicología. La primera clase quedé fascinada con mi profesor. Llegó unos quince minutos tarde, esa clase era de dos horas; cabello corto canoso, lentes Ray Ban oscuros, un portafolio de piel color miel, pantalones holgados y unas botas como de montañista, en las manos, siempre una Coca Cola o un vaso de café. Ahí estaba el «pata de conejo», participante del Movimiento Estudiantil del 68′, egresado de la Facultad de Filosofía y Letras, amante del rock en ingles y de la ciencia ficción; quien adquirió ese apodo debido a diversas situaciones peligrosas que enfrentó y siempre salió avante, por suerte, o por destino.

De las frases que más llevo de él: «los adultos odian a los jóvenes», por eso los reprimimos, porque tienen algo que nosotros ya no, que añoramos. O qué tal, «todos son unos pendejos«, ¿qué? ¿Esperaban frases profundas y metafóricas? No. Lo que más me llamó la atención de ese profe, es que no se complica la vida, dice lo que piensa y sobre todo, enseña lo que sabe adaptándolo a las mentes jóvenes, a sus intereses, a su vida. Nunca fue un psicólogo de divanes, tampoco tiene una esposa o hijos, tal vez porque tiene Asperger, o porque ve en blanco y negro; tal vez porque no es convencional, o porque le gusta el rock.


El «pata de conejo» proviene de una infancia complicada, pero siempre tuvo en las manos un libro, heredado, prestado o ingeniosamente adquirido. Desde ese día, siempre estuve en su clase. El «pata de conejo» llegaba 20 minutos tarde a clase para que yo pudiera llegar y vender libremente dulces o enjambres. Daba unos minutos de clase y nos dejaba experimentos sociales. Después de entregar los trabajos, lo acompañaba por un café y platicábamos de Janis Joplin, de Jimi Hendrix, de La Naranja Mecánica, de «Las Enseñanzas de Don Juan«, y de cómo libró la muerte en la «Plaza de las Tres Culturas«.

Hace 19 años que conozco al «pata de conejo«, me ha acompañado en la vida universitaria y los enjambres; en la vida laboral y el desempleo; en los embarazos y las corretizas a los niños. Pero hubo una época en la que fue mi salvavidas. Durante mi estadía en la universidad, viví sola, rentaba a un pequeño cuarto cerca de la Facultad, a veces me iba muy bien en la venta de los enjambres, a veces no; a veces me saturaban los gastos o la presión de los trabajos finales, a veces la soledad y otras la independencia. En todas, siempre estuvo mi amigo presente.

Debo comentarlo, siempre hemos sido amigos, mi viejo amigo le digo yo, porque me lleva varias décadas de edad, pero sus pláticas siempre son entretenidas, de conocimiento, de historia. En una ocasión lo entrevistaron para un libro conmemorativo de la Alcaldía de Azcapotzalco, su parentela es oriunda de esa zona, y él llegó muy chico a vivir ahí. Por error, la redactora de su entrevista escribió que el «pata de conejo» participó en la Revolución -pero no fue él, sino un familiar suyo, y aunque tiene sus años, ese dato es falso; sin embargo así se fue impresa su entrevista, desde luego le hago burla de sus años a lado de Emiliano Zapata y «Pancho Villa«.

 


Esta semana me enteré que tiene algunos temas de salud, todos los días pensé en mi viejo amigo, al que creí eterno, al que siempre al despedirnos le decía: «no se muera«, y así como a mí me ayudó durante varios años a no hundirme en la lona, lo ha hecho con decenas de estudiantes por más de cinco décadas; ha influido en nuestra forma de pensar, en la música que escuchamos, en las películas que vemos, en la vida que planeamos. Si ustedes, personas lectoras, tienen o tuvieron un salvavidas, cuídenlo, y háganle saber que lo que hizo los ayudó a salir adelante. Yo por lo pronto, tengo el propósito de cuidar al mío, y espero que sea por muchos años más.

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