febrero 24, 2024

Mamá Rockera
By Mónica Nitro

Esta vez les escribo con el estómago apachurrado, el cuerpo deshidratado y con la pena de que hoy, viernes 15 de septiembre, no podré comer pozole.

No se sabe exactamente cuántas personas fallecieron a causa de la guerra de independencia de México (1810-1821), sin embargo, se estima que entre 250 mil y medio millón de indígenas, criollos, mulatos y españoles perdieron la vida durante esos once años; todas y todos ellos lucharon por la abolición de la exclavitud y la eliminación del virreinato, entre otras razones político sociales. Y aunque fue hasta el 27 de septiembre de 1821 cuando el Ejército Trigarante entró victorioso a la Ciudad de México para levantar el primer Imperio Mexicano encabezado por el caudillo militar Agustín de Iturbide, es el inicio de esta guerra (16 de septiembre), la que celebramos los mexicanos orgullosos e independientes.

Pero, ¿cómo es que llegamos al pozole? El pozole en sus distintas versiones, tiene orígenes prehispánicos; los indígenas cocían el maíz con agua y cal (proceso de nixtamalización, del náhuatl nextli, cal de cenizas, y tamalli, masa cocida de maíz: «ceniza y masa»), lo molían y obtenían una masa con la que, hasta hoy en día, se hacen tortillas, tamales, atoles, gorditas, tlacoyos, caldos, entre otros deliciosos platillos. Pues bueno, así como muchos otros guisos fueron enriquecido con los alimentos que trajeron los españoles a la «Nueva España«, el maíz le dio la bienvenida a la carne de cerdo, creando el «pozolli«.

 

Este platillo es típico de las llamadas fiestas patrias, y vaya que es patriótico, pues existen tres versiones: verde, blanco y rojo; con pollo o cerdo, y cada región o estado le ha puesto de su toque, por ejemplo, mi abuela paterna nacida en Iguala de la Independencia, lo preparaba con pepita de calabaza, chicharrón, aguacate y sardina, al estilo guerrerense. Mi abuela materna, chilanga, lo hacía blanco y cocinaba la salsa roja aparte, la que pica y la que no pica, por supuesto.

 

Aunque si soy sincera, las salsas de mi abuela siempre picaban rico (experiencia que sólo las y los mexicanos podemos entender).

Después de esta breve explicación del pozole, que se puede comer cualquier día del año, pero que nos hemos empeñado en prepararlo, en su mayoría, sólo para las fiestas patrias, sé que ya se lo están saboreando. Los que me conocen pensaran que soy delgada porque casi no como, o como diría mi mamá, soy remilgosa; la verdad es que como bastante bien, le entro a los tacos, a las carnitas, a los pambazos, tamales, sushi, pizza, alitas, etc. Como la mayoría de las personas, con hambre me pongo de malas, no me concentro, y sólo en dos procesos de mi vida, me habría comido a quien estuviera cerca de mí.

Pero tranquilas personas lectoras, no llegué al grado del canibalismo; les explico.

Hay situaciones que sólo a través de la experiencia puedes entender. Trataré de ser muy descriptiva. Cuando estás embarazada te da mucha hambre, dicen: «es que estás comiendo por dos», o tres, en realidad es que requieres de más nutrientes, porque efectivamente hay alguien dentro de ti que succiona lo que necesita para crecer y seguir su desarrollo sin pensar que a ti también te hacen falta esos nutrientes, por eso las y los ginecólogos recetan vitaminas prenatales y mucha hidratación.

Pues el hambre que le da a una embarazada de verdad es bastante brava, aunque no puedo generalizar, en mi caso sí me dio hambre brava. Llegaba el momento y no podía pensar más que en comer, aunque Décimo Meridio era vegetariano, pues no pude comer tacos de pastor, ni cualquier carne, hasta el séptimo mes de embarazo. Por el contrario, Monico era carnívoro, salsero y botanero, gustos que son reflejados hoy en día, en la alimentación de cada uno, por un lado, Décimo Meridio prefiere pepinos y apios, y por el otro, el Monico añora su tamal oaxaqueño.

El segundo proceso es la lactancia. Ahora la criatura te succiona pero de otra manera, y vaya que los recién nacidos son ávidos de comer, insaciables, eso de «leche cada tres horas», al menos en mi caso nunca existió, aplicamos lo que fue la «libre lactancia», y entonces mi hambre se triplicaba. En una de las visitas al famoso tianguis de «La SanFe» (San Felipe de Jesús, Alcaldía Gustavo A. Madero), el tianguis más grande la Ciudad de México y de América Latina, con sus siete kilómetros de longitud y sus más de 500 mil visitantes cada domingo, al recorrer sólo una parte del tianguis, decidimos sentarnos a comer en un puesto de «antojitos mexicanos«.

De inmediato y sin esperar a los demás (familia cercana), empecé a pedir: una quesadilla de chicharrón, una de hongos con queso, una de picadillo, un taco de chile relleno, un sope con suadero, dos pambazos sencillos, y un tlacoyo con nopales. Pero no todo era mío, como ya tenía la atención de la señorita que atiende, empecé a pedir para los demás. Una vez que terminé mis tres quesadillas y tomé mi agua de Coco, me fui a caminar con la criatura. Los demás siguieron pidiendo.

Cuando nos reencontramos en otro puesto, todos se estaban riendo de mí debido a esto:
Señorita que atiende: ¿Algo más?
Mamá, ahora  abuela: La cuenta, por favor.
Señorita que atiende: ¿Lo de la tragona también?
Todos: Risas

Resulta que la señorita que atiende, creyó que todo lo que pedí al principio me lo comí sola, y entonces desde ese momento me apodan «La Tragona».

Voy a cerrar la columna de este viernes con dos breves historias gastronómicas:

1. El fin de semana pasado fuimos a una boda en un pueblo de Hidalgo, la comida estaba deliciosa. Carnitas, barbacoa, pancita, y unos tlacoyos rojos que resultaron ser de fríjoles en salsa roja, mismos que eran amasados, preparados y cocinados ahí mismo, por cuatro valientes mujeres que en friega sacaban tortillas y tlacoyos de nixtamal. Mañosamente, me quedé con cuatro tlacoyos en un plato que protegí de las meseras hasta altas horas de la noche, pensaba llevárselos a aquellos familiares que se rieron de mí en la SanFe, después de varias horas de conversar, beber pulque y bailar, a todas las personas invitadas nos volvió a dar hambre, así que los festejados pusieron los comales de nuevo para calentar la carne y todas pudiéramos cenar.

Mónica Nitro: mmm
Tlacoyos:
Mónica Nitro: mmmm

Dos minutos después estaba calentando los tlacoyos de mi familia en el comal, diez minutos después ya me los había comido todos.
Hoy viernes 15 de septiembre no podré comer pozole porque tuve indigestión toda la semana, pero a pesar de todo el dolor en mi estómago y colón, puedo decir que como esos tlacoyos, ni los de la SanFe.

2. Algunos frailes de la época colonial, y otros académicos de la vida moderna, describen al pozole como un platillo azteca con peso ceremonial, en donde la carne que lo complementaba era nada más ni nada menos, que humana, extraída de los guerreros sacrificados durante la adoración al sol y modificada con la llegada y aberración de los españoles hacia esta práctica de canibalismo.

Bueno, pues disfruten su pozole, pasen un buen fin y nos leemos otro viernes de Mamá Rockera.

¡Au revoir!

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