julio 17, 2024

Mamá Rockera
By Mónica Nitro

Se acerca fin de año y con ello el recuento de los hechos, o los daños; también surgen las discusiones sobre dónde vamos a cenar, o qué nos vamos a poner, si habrá intercambio o no, si cocinaremos o pediremos ya hecho.

En fin… Que rápido se pasa el tiempo y con él nuestra vida. Año nuevo sabe a uvas, romeritos, bacalao, pierna jugosa, espagueti, lomo de cerdo bañado en salsa de tamarindo, cuántos platillos y sabores combinados. Año nuevo también sabe a promesa.

No sé si en otros países suceda esto, pero ¿cuántos de ustedes han corrido con maletas por toda la cuadra con la esperanza de viajar más veces el próximo año? o se han puesto calzones rojos para el amor, amarillos para el dinero, yo sí. Pero además de estas raras costumbres, justo después del brindis donde todos se arrepienten de todo y prometen verse más seguido, después de los abrazos y el llanto, viene en la memoria de cada persona, las promesas de año nuevo.

«Este año voy a bajar de peso«. «Este año voy a viajar más». «Este año renuncio». «Este año además de pagar el gym sí voy a ir». «Este año voy a dejar de correr en la peda«. ¿Cuántas de esas promesas que nos hacemos, las cumplimos? Quienes sabemos de viva experiencia lo cercana que puede estar la muerte, sabemos que vivir un día a la vez, no suenan tan trillado.

Yo no soy de promesas, soy de sueños terrenales. Algunos los he cumplido, otros los estoy trabajando, aunque también he dejado de soñar, a veces por la rutina, el trabajo, o la muerte, todo ello te hace olvidar de esos detalles que te dan profunda satisfacción.

Esta semana Mamá Rockera se atrasó porque quise compartirles, personas lectoras, un sueño terrenal hecho realidad. Hace varios años, entré a estudiar a mi amada Universidad, la mejor, la UNAM, y podrán decir lo que quieran, chincheramente no me importa, pero la UNAM no sólo es una institución educativa, es el lugar donde aprendes el significado de orgullo, de identidad; donde formas tu personalidad, en la que puedes pasar de hippie a emo, de dark a skato y no pasa nada, estás creciendo, te estás conociendo y tienes la libertad de elegir.

Ser CCHachera es de mis más grandes orgullos, de Azcapo, por supuesto. Justo en esa época tenía tapizado mi cuarto con portadas de El Récord encabezadas por San Hugo Sánchez, Darío Verón, Joaquín Beltrán, Jimi Lozano y su «Gatito ni madres«; Leandro Augusto e Israel Castro.

El 2004 fue un año legendario para los Pumas y sus seguidores. Tenía un amigo fósil medio fresa que simpatizaba con «La Rebel«, y cada 15 días me invitaba al estadio. Recuerdo las calles vestidas de azul y oro, el famoso árbol donde se juntaban las porras, se embriagaban y entraban a gritar a todo pulmón, sin siquiera ver el partido.

El estadio de los Pumas, no es sólo un estadio, es un estado olímpico universitario, en donde se escucha el himno universitario y los cánticos de las barras, donde se ven las olas de manos alzadas de un lado a otro. Pasé parte de mi vida preparatoriana recorriendo esos túneles gloriosos, hasta que un sujeto de la Rebel se molestó porque mi amigo y yo veíamos el partido en vez de cantar y nos la hizo de a tos.

 

En ese momento también entré a la universidad, ya no tenía tiempo para ir al estadio, dejé de ver a mi amigo y se me pasó la pasión por el futbol, pero mi amor por la Universidad, jamás, ese sigue vivo y latente.

Recordando mi época de corredora, que duró muy poco, aquella donde Ana Gabriela Guevara era un símbolo de orgullo, y no una ratera, en esos años de CCHachera se me ocurrió algún día pisar el Estadio Olímpico Universitario, esa idea se convirtió en un sueño que se alojó en mi cabeza, sin ser una necesidad, sólo una misión de vida.

 

Hoy, personas lectoras, pisé y besé esa hermosa pista de tartán, con música de fondo, acompañada de cientos de universitarios y universitarias, con la voz de mis dos criaturas echándome porras, acompañados, por supuesto, del Vaquero Rockanrolero.

 

 

Les había contado que me gusta correr, pero nunca había asistido a una carrera masiva, sin embargo hace un mes me regresó el sueño de pisar el estadio de los Pumas, en una de esas carreras masivas, y así como así, me inscribí al «Pumathon Universitario 2023, por los 80 años del Instituto de Geografía«, en la categoría femenil de 5 km. No sé si estaba lista o no, pero yo quería pisar ese estadio como fuera. Llegamos a CU puntuales, cosa rara cuando tienes hijos, Décimo Meridio seguía adormilado, mientras Mónico pensaba sólo en comer, lo de cada día.

 

Debo decir que una de las cosas que más me maravillaron del Vaquero cuando lo conocí, es ese apoyo y motivación que me ha dado todos estos años, esos «sí» que hacen de una idea, una realidad, aunque no siempre esté de acuerdo en todos. Así que ahí estábamos los cuatro esperando a que abrieran los baños, porque nervios y frío.

A las 8:30 h empezamos a ingresar al estadio los y las corredoras, 10 y 5 km; mientras avanzaba me imaginé llegando hasta el final de la carrera, justo antes de los 100 minutos permitidos.

 

Me imaginé deteniéndome en el kilómetro tres para respirar y recuperar fuerzas, me vi pérdida y fuera de la ruta encontrándome con un fósil de filosofía que me iba a talonear. Estando entre tanta Puma, comencé a preguntarles, porque periodista, si ya habían corrido antes esa carrera, las respuestas fueron «no».

 

Pocas calentábamos, mi vecina de carril venía del CCH Azcapo, por supuesto chocamos la manos, estaba participando porque su profe de Estadística les prometió puntos extras si se inscribían en la carrera, ya que él ha participado en el triatlón Ironman (natación en mar abierto, ciclismo, y maratón), así que fomenta entre sus estudiantes el deporte. Ambas estábamos nerviosas pero emocionadas, y cuando dieron las 09:00 el grupo varonil de los 10 km inauguró la carrera, seguidos de las mujeres; después salieron los hombres para 5 km, y al final, nosotras, femenil de 5 km.


Desde que me inscribí mis expectativas eran bajas, de hecho me tocó correr casi hasta atrás, hecho que no me importó.

 

Saliendo del estadio hay una pequeña subida, misma que provocó el jadeo de muchas, unos 100 metros adelante, algunas universitarias dejaron de trotar para empezar a caminar, y entonces algo cambió en mi visión.

 

Noté que podía avanzar rápido sin agotarme y que chance y no llegaba hasta el final. También pensé en que debí llevar mi caja de enjambres, ya hubiera vendido todos. Pasados los 500 metros ya iba adelante de varias, así que seguí y seguí con ese ritmo hasta encontrarme con los hombres categoría 5 km, así, al menos 20 mujeres que pude identificar, nos fuimos perfilando en la carrera. Una curva, una bajada, otra curva, una subida, pasé los tres kilómetros y no pude detenerme, sabía que si lo hacía, ya no podría continuar, así que empecé a darme motivación.

En mi cabeza con mi voz chillona, me decía: «¡Vamos, sí puedes! ¡Sí puedes, a huevo que puedes! Tal vez hasta gane, ¿por qué no?».

A cada voluntario le preguntaba riéndome: ¿Ya casi? Y a las porras familiares asomadas en los puentes, les gritaba: ¡Venga, vamos! Y agitaba las manos. Si una no se da porras para sí misma, no esperes que los demás lo hagan. Los de 10 km siguieron su camino, mientras las de 5 nos acercamos al gran final. Fijé mi mirada en cuatro corredoras que iban delante de mí, no podía quedarme atrás, y de pronto, ya estábamos de nuevo entrando al estadio.

Cuando pisé de nuevo la hermosa pista de tartán, lloré, un par de lágrimas de emoción y nostalgia, cayeron en mi mejilla sudada.

Había llegado el momento que ya conocía, ese último esfuerzo, ese correr con las puntas como decía mi profe. Esos últimos doscientos metros en los que das todo, así que empecé a rebasar por la izquierda y pasé a dos de esas cuatro corredoras en las que había fijado mi atención.

Ahí estaba la Mónica Nitro a sus 34 años, bien vividos, mal vividos, qué sé yo, corriendo en el Estadio Olímpico Universitario, cruzando la meta pensando en si habría entrado en algún lugar para la premiación, porque debo decir que mi sed de competencia se había activado en cuanto mis contrincantes respondían que no habían corrido antes.


Crucé la meta y empecé a recuperarme caminando, escuché un chiflido y ahí estaban mis tres amores saludándome con emoción, que gran satisfacción sentí al verlos, esos momentos en donde olvidas todo lo malo de la vida, la ropa sucia y los trastes por lavar, esos momentos que quieres que sean eternos. Caminando con las y los demás corredores, los patrocinadores nos llenaron de botellas de agua, bebidas energéticas y botanas.

 

También nos dieron la medalla conmemorativa y nos aplaudieron con entusiasmo. Cuando regresé al estadio a buscar a mis criaturas, descubrí que entré con las diez primeras de mi categoría, no gané, pero ahora sé que la única carrera masiva que voy a correr, es de la UNAM y que el siguiente año voy y voy a ganar.

 

Hasta aquí mi reporte personas lectoras. Les invito a dejar las promesas de lado y realizar sus sueños terrenales, porque yo sí estoy segura de algo, un día nos vamos a morir y no sabemos cuándo, así que no esperen hasta año nuevo y empiecen a vivir. Nos leemos ahora sí, el próximo viernes de Mamá Rockera.

¡Goya, Goya, Cachun, Cachun, Ra Ra!

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