febrero 23, 2024

(spoilers de gravedad)

#MamáRockera


By Mónica Nitro

Si tienes menos de 12 años (físicos o mentales) es mejor que inicies la lectura de tu columna favorita la siguiente semana, aunque en realidad qué le van a interesar estas cosas de señora a las y los niños. Sin embargo, yo prefiero avisar.



Antes de pasar al tema principal de este viernes, aprovecho la lectura para desearles que cada día de este año 2024 sea provechoso, divertido, con fuerzas para mandar a la chingada a quien se necesite y con humildad para aceptar los errores y enmendarlos. Que tengan trabajo bien pagado, y que estén rodeadas de personas honestas, empáticas, que actúen de buena fe y no por quedar bien, y sobre todo, deseo y espero que siempre haya muy buena salud en ustedes y sus seres queridos.

Para la primera columna del año, realicé una pequeña investigación sobre la llegada de los famosos Reyes Magos, esas tres personas provenientes del «Oriente» que fueron guiados por una estrella hasta el lugar donde nació Jesús, rey de los judíos, de acuerdo a diferentes escritos de la religión católica. Acción que varios años después se convirtió en una tradición mundial, que más allá de la religión, fomenta la ilusión en los infantes, aunque no por mucho tiempo.

Con base en los resultados obtenidos en mi pequeña investigación, de 30 personas encuestadas, 12 descubrieron quiénes son los verdaderos Reyes Magos, por sus papás, uno en particular, por su mamá, todos entre los 10 y 12 años. Seis lo descubrieron cuando pasaban casualmente por el armario más grande de la casa y vieron juguetes en bolsas negras. ¡Oh sorpresa! El seis de enero aparecieron los mismos juguetes debajo del árbol de Navidad. Diez de las 30 personas encuestadas, se enteraron de la realidad gracias a ese compañero fastidioso y abusivo que todos tuvimos en la escuela y que un día simplemente les dijo: «los reyes magos son los papás». Y por último, dos personas se enteraron por un familiar, nunca falta el primo castroso, o la tía que sin querer grita en la comida del día anterior: «¿Y ya le compraron todo lo de reyes?». Las abrazo personas lectoras, si es que se enteraron hoy y por Mamá Rockera. Una disculpa.



La muestra (o sea las 30 personas encuestadas), se enteraron de quiénes son los Reyes Magos entre los 8 y 12 años, hoy en día, estoy 60% segura de que los niños de 6 y 7 años ya saben quiénes son. Los infantes de hoy cuentan con herramientas tecnológicas que hasta les pueden hacer la tarea o la tesis, cuando llegue el momento, están tan acelerados y son tan impacientes, ávidos de la inmediatez y la sobre información debido al Internet y las redes sociales, que seguramente ya googlearon: ¿quiénes son realmente los Reyes Magos? Y después de pasar por la síntesis de Wikipedia, las historias religiosas, los artículos de National Geographic, se encontraron con la verdad.



Yo puedo decir que fui una niña consentida por los Reyes Magos, cada juguete y petición de mis cartas fueron cumplidas. Recuerdo que un día antes de su llegada no podía dormir, daba vueltas en la cama, cerraba los ojos y los volvía a abrir, así como hasta las dos de la mañana. Mi hermano era el encargado de despertarme, por ahí de las 6:30 bajaba de la litera, me apretaba la nariz y después de despertar abruptamente, bajábamos las escaleras de madera y alumbrados por luces de colores, ahí estaban nuestros juguetes. A las siete de la mañana salíamos todos los niños del edificio a jugar, todo el día nos la pasábamos en pijama, unos correteándose en patines, avalanchas, bicicletas, y otras con sus Nenucos y Polly Pocket. No había celulares ni tabletas que nos impidieran disfrutar el día entre amigos, primos, y familia. Hoy cuesta trabajo que los infantes prefieran salir al parque que quedarse viendo tutoriales de videojuegos narrados por chavo rucos en mamelucos de Pikachu.

Puedo decir que el único juguete en doce años que no recibí de su parte, fue a Carlitos de los Rugrats, porque agotado seguramente, pero me dejaron a Tommy, quien sigue por ahí en un rincón de la casa de mis papás, y lo feo no fue que me cambiaran al personaje, sino que a la niña vecina creída sí le trajeron a Carlitos. Yo fui muy niña hasta los 11, 12 años, aún en la secundaria jugaba en mi cuarto con esos juguetes que me traían los famosos Reyes Magos, aunque me enteré a los 9 años, cuando sin querer y por ansiosos, bajamos muy temprano y había un rey de cabello rubio, muy parecido a mi papá, sacando juguetes de una bolsa negra. Mi hermano quien ya sabía la verdad, me agarró y me regresó rápido al cuarto, y sólo me dijo: «duérmete, al rato bajamos». Un año antes casi los cachamos. De nueva cuenta, la ansiedad, bajamos y ahí estaban los juguetes, pero me faltaba mi Berbie Sirena, escuché ruido en el cuarto de mis papás y subí a contarles que ese año me habían fallado mis adorados reyes, cuando al abrir la puerta, con la luz encendida, y la ventana abierta, mi papá tenía a mi Barbie agitándola, diciéndome que como bajamos muy pronto, no alcanzaron a dejarla y habían salido por la ventana de su cuarto y ahí me habían dejado a la rubia de cola dorada. Yo estaba absorta por el suceso. 


A partir de la verdad, se las fui poniendo más difícil. Escribía dos peticiones acompañadas por «si les es posible», y la tercera era «una sorpresa», porque esos reyes me conocen, ¿no? Y así cada año y vaya que me dejaban muchas cosas a ver cuál le atinaba a la sorpresa. Mi hermano me hace burla por mis «sorpresas», dice que nunca supe qué pedir, pero es que yo fui niña de Juguetes Mi Alegría, «aprendemos y jugamos», era ñoña. Nunca pedí el microhornito, por cierto. De mis últimos juguetes tuve dos Barbies gigantes, de esas como de un metro; una grabadora con caseste, y a los 16 años recibí una gran sorpresa. Cursaba el quinto semestre del CCH, ya había pasado de hippie a rockera, y todavía les escribía carta, únicamente pidiendo una sorpresa. Con un pearcing en la ceja derecha, delineador negro en los ojos y pantalones rotos en nalga y rodillas, ese 6 de enero desperté, bajé y no había nada debajo del árbol, me desilusioné tanto que me di cuenta de que a pesar de mi edad y mi sentimiento de independencia, yo seguía entusiasmada con ellos. De regreso a casa, cansada y pegajosa por la hora y media de viaje en el «guajolotero», entré de malas a la casa y mi hermano me entregó una guitarra acústica, mientras mi mamá me tomaba una fotografía. Siempre sí habían llegado.



Me siento agradecida por mis dos reyes magos, privilegiada, y aún ansiosa porque llegue el seis de enero, e ir a su casa para ver si me dejaron algo. Sólo que la sorpresa de estos últimos años, ha sido que sí hay regalos, pero no son para mí, son para los nietos (risas y llanto). Como les he platicado, yo no soy religiosa, le hemos contado a Décimo Meridio de dónde surgen los Reyes Magos, y aunque no le cuadra la historia, él sólo quiere que llegue el día y estén sus juguetes. Es más una tradición que adoptamos por nuestros reyes magos, y cuando Décimo y el Mónico se enteren de la verdad, continuaremos con la tradición, sólo que en ese momento ya sólo habrán «sorpresas». Quiénes mejor para darnos un rato de ilusión y ternura, que nuestros propios padres, los mismos a quienes debemos regalarles ahora nosotros. Me siento orgullosa de decir que soy una rey maga y que comparto con mis hijos ese momento de felicidad. Me cuentan qué les trajeron. Nos vemos el próximo viernes de Mamá Rockera.

¡Vivan y dejen vivir!
Au revoir!

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