Mamá Rockera
By Mónica Nitro
Hace tres años que empecé a escribir esta columna, precisamente en esta época de regreso a clases.
Se avecinaba una separación, una nueva etapa y el momento de afrontar lo inevitable: el paso del tiempo.
Y es que, a poco no, una no se da cuenta de que el tiempo pasa, todos los días te levantas, haces el desayuno, lavas los trastes, trabajas, haces la comida, lavas los trastes, trabajas; haces la cena, lavas los trastes, acuestas a los niños, te pones a ver una película y terminas viéndola hacia adentro.
Una no nota el crecimiento de su persona cuando eres adulto, es decir, no estás consciente de tu envejecimiento.
No lo percibes hasta que, alguien llega y te dice: Brad Pitt cumplió 62 años, Johny Depp tiene 63; George Clooney, 65. Todos esos actores que veías de adolescente y que ahora están en la tercera edad, si no fuera por esas sonrisas los llamarías abuelos.
Ahí es cuando te das cuenta que si ellos han envejecido, tú también.
Pero no se depriman, personas lectoras. El paso del tiempo es algo inevitable. Existe otra circunstancia que te hace abrir los ojos e ir directo al ácido hialurónico en los buscadores de internet; esa es de la que hablaremos en esta, su columna favorita.

Un paso adelante y nunca para atrás
Hace tres años el Mónico entró al preescolar, con todo y mis miedos, cruzó la puerta sin mirar atrás. Las lágrimas fueron incontrolables, pero las lágrimas mías. Y fue así como decidí cambiar el drama materno por el deporte.
Cada que podía, dejaba al Mónico en la escuela y me iba a correr. Así estuve al menos su primer año de preescolar. Después por temas laborales dejé de hacerlo, después por flojera lo he evitado. El Mónico estuvo dos años en escuela Montessori hasta que logró lo que en ella buscábamos: socializar, hablar, desarrollar habilidades motoras, de convivencia.
Para el tercer año decidimos inscribirlo en sistema regular, tradicional; en el que te sientas y escuchas, donde ahora las materias no son materias sino un conjunto de temas, un revoltijo -digo yo- un cambio bastante retador. Y lo logró.
¿Qué sigue? La primaria. Donde eres niño, pero tienes que adquirir más responsabilidades, donde tus pensamientos son obligados a ir madurando, porque ya desde muy pequeños el uso del celular, el internet y las redes sociales se meten en sus cabezas e ideologías. Y sí, lamentable, hoy en día en la primaria se va acortando su infancia. Niños y niñas con TikTok, con Facebook, chateando con adultos -sin saberlo- en Roblox, etcétera.
El primer día del Mónico en la primaria pensé que lloraría, me quedé estupefacta al notar que, ni él ni yo, lo hicimos. Creo que me he resignado a que mi bebote crezca, siempre y cuando siga llenándome de besos, así tenga 20, 30 o 40 años. El Mónico debe adaptarse y crecer. Lo he aceptado.
¿Qué me duele? Los festivales.
En preescolar son todo un espectáculo y el Mónico es un gran cantante y bailarín, cada puesta en escena es una grata sorpresa. Ritmos diferentes y en todos se aprende a la perfección los pasos. Ahí sí lloro, de emoción, de risa, de melancolía. En la primaria, la intensidad de los festivales va disminuyendo.
Recién le hice su traje reciclado de Vicente Guerrero y lo único que dijo en el homenaje fue: ¡Yo soy Vicente Guerrero! Y ni siquiera estuve para verlo esos 4 segundos de espectáculo.
Me he resignado y aceptado que el Mónico debe ir un paso adelante y nunca para atrás.
Ser tu sueño fugaz
Esta columna ha sido intermitente, una disculpita, a veces me lleno de trabajo, a veces el estrés me abruma; como a cualquier persona que vive en esta época. Hoy decidí regresar y no es precisamente por la nostalgia del ingreso del Mónico a la primaria. Ahora lo explico.
La mañana del 31 de agosto del presente año, salimos con los lunches listos y la cara en alto, directo a la escuela primaria. Los cuatro recorrimos un par de calles dándole instrucciones al Mónico sobre qué hacer y qué, definitivamente, no hacer en la nueva escuela.
-Hazle caso a tu maestra.
-No te acerques a la cisterna.
-Ubica bien tu salón.
-Busca a Décimo Meridio en el recreo, pero no lo molestes.
-No muerdas a nadie.
Llegamos 07:50 a la institución y entonces me di cuenta de algo que no imaginaba.
Les pusimos las mochilas, les dimos un beso en la frente, los abrazamos; ellos se dieron la mano y comenzaron a caminar hacia la entrada. Minutos después habían desaparecido entre las y los niños de la poca matrícula que aún queda en la colonia.
Cada día de escuela, cada vez que cruzan la puerta, es una despedida para mí. Lo crean o no, el drama se apodera de mi cabeza y una música de ópera, de esas en la que la mujer llora y grita de forma entonada, pasa por mi mente. Esa entrada en la que ellos me dan la espalda y yo los veo caminar, es la nostalgia de saber que están creciendo. A veces sí llegamos corriendo y casi los aviento para que no les cierren la puerta y se regresen conmigo (risas). A veces tengo tiempo para el drama.
Esa mañana cuando ambos cruzaron la puerta, cuando mi Lolek y Bolek se dirigieron a su primer día de clases, Décimo Meridio volteó a verme y con esa sonrisa que ilumina cualquier sala a la que entra, me despertó un nuevo sentimiento. Mi primer bebé se acerca a la preadolescencia.

Hoy escribo esta columna, personas lectoras, porque hoy hace diez años sentí un un amor tan grande que opacó el dolor de los 10 centímetros de dilatación del parto. O sea sí me dolió a madres, disculpe la expresión, pero lo único que me importaba era ver a mi bebé, cargarlo y que agarrara el pezón porque si no se moriría de hambre y yo de angustia.
Ya les he platicado la historia del Décimo Meridio. De aquella estrella fugaz a la que le pedí un deseo en la hermosa playa de Mazunte, donde el mar se hace cielo y el cielo se hace mar. Pude haber pedido un auto, una casa, otro viaje, pero no, pedí una sorpresa; y no una, sino dos veces, porque aquella noche de enero cruzaron dos estrellas fugaces el cielo de Oaxaca. Siete semanas después descubrí la sorpresa.
Esa mañana de agosto de este año, mi sol me abrió los ojos. El tiempo pasa y muy rápido. Yo no sé ustedes, personas lectoras, dicen que estamos en septiembre, pero yo lo siento como una cuesta de enero muy prolongada. ¡Cómo que septiembre! Otra vez ya se nos fue el año. ¿Hicieron lo que tenían planeado? ¿Cumplieron sus propósitos?
Pensé que este regreso a clases lloraría porque el Mónico daría un gran paso, y no. Hoy siento una enorme nostalgia porque mi primera estrella fugaz está creciendo y ya no hay vuelta atrás. Eso sí, su luz nunca va a dejar de brillar, nunca.
¿Ya abrazó a sus adolescentes? Definitivamente no quiero llegar a esa etapa, pero qué le hacemos, el paso del tiempo es inevitable.
Les deseo una gran semana y nos leemos pronto en esta su columna favorita.
Au revoir!
Fugaz

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Que siempre estará ahí
Para mirarte cuidarte y también expresarte
Y dar mi vida por ti
Las veces, que sea necesario
Esconderte, tras de un armario
Y cobijarte las noches y abrazar tu llanto
Y ser tu héroe, tus risas, tus juegos, tu sueños, tu canto…
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